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    Durante décadas, el efectivo fue el centro de la economía cotidiana en Colombia. Su uso no solo era dominante, sino culturalmente incuestionable. Hoy, sin embargo, esa realidad empieza a cambiar de forma estructural. No de manera abrupta ni homogénea, pero sí irreversible.

    Las cifras lo confirman. Según datos del Banco de la República, el efectivo pasó de representar el 88,1 % de las transacciones en 2020 al 77,8 % en 2024. Aunque sigue siendo relevante, su reducción sostenida evidencia que el sistema de pagos colombiano atraviesa una transformación profunda, impulsada por la digitalización, la interoperabilidad y la inmediatez.

    Este cambio no responde a una moda tecnológica. Obedece a factores concretos: mayor conveniencia para los usuarios, eficiencia operativa para las organizaciones y una trazabilidad más robusta para el sistema financiero. En este contexto, las billeteras digitales y las transferencias inmediatas dejaron de ser alternativas para convertirse en herramientas habituales del día a día.

    Plataformas como Nequi y Daviplata crecieron de forma acelerada, superando los 40 millones de transacciones mensuales. Al mismo tiempo, las transferencias inmediatas y los pagos sin contacto (a través de NFC o códigos QR) se multiplicaron, reflejando una preferencia clara por experiencias de pago rápidas, simples y con menor fricción.

    Sin embargo, el verdadero punto de inflexión no está únicamente en la digitalización, sino en la interoperabilidad. Colombia avanza hacia un ecosistema donde los pagos A2A (account to account) y plataformas interoperables como Bre-B prometen romper barreras históricas entre entidades, productos y usuarios. La interoperabilidad no es un detalle técnico: es el habilitador que permite inclusión financiera real, reducción de costos y mayor dinamismo del comercio electrónico.

    Este proceso, no obstante, trae consigo nuevos riesgos. La transición hacia pagos digitales exige algo más que infraestructura tecnológica: exige confianza. Y la confianza se construye con seguridad, gestión del riesgo y monitoreo permanente. A mayor digitalización, mayor exposición; y a mayor exposición, mayor responsabilidad para bancos, fintech y actores del ecosistema.

    El riesgo detrás de la inmediatez

    La inmediatez que hoy celebran usuarios y comercios también reduce los márgenes de reacción frente al fraude, los errores operativos y la suplantación de identidad. En un sistema cada vez más interconectado, una falla puntual puede escalar en minutos y afectar la confianza de miles de personas.

    La hiperconectividad amplifica el impacto de cualquier incidente y deja en evidencia un riesgo estructural: la asimetría de capacidades entre grandes entidades financieras, fintech emergentes y pequeños comercios, que no siempre cuentan con los mismos estándares de seguridad ni con equipos especializados para gestionar eventos críticos.

    De cara a 2025 y 2026, el desafío ya no será convencer a los usuarios de adoptar pagos digitales (esa batalla está en marcha), sino garantizar que estos sistemas sean seguros, interoperables y comprensibles para todos los segmentos de la población. La adopción de autenticación biométrica, analítica avanzada con inteligencia artificial antifraude y programas sólidos de educación financiera y digital será determinante.

    El efectivo no desaparecerá en el corto plazo, pero su rol está cambiando. Ya no es el eje del sistema, sino una opción más dentro de un ecosistema cada vez más digital, inmediato e interconectado.

    La evolución de los medios de pago en Colombia no es solo una modernización tecnológica. Es una transformación del comportamiento económico, de la relación con el dinero y de la forma en que se construye confianza en el sistema financiero. El reto ahora es crecer sin perder el control, innovar sin debilitar la confianza y avanzar rápido, pero con la prudencia que exige un sistema que, al final, custodia algo más que transacciones: custodia la credibilidad del dinero mismo.